-Tenés las pinturas?- preguntó Achával.
-Sí, están en el auto junto con el dinero.
-Entonces qué estamos esperando vayamos a buscarlas.
Mariano ayudado por Laura salió del edificio. Detrás de ellos iba Pedro, quien se encargó de cerrar la fábrica. En la vereda, vestido de chofer, aguardaba un hombre.
-Gastón, dijo Pedro, vamos a ir en el auto de la señora a la vieja Casona, vos seguinos. ¿Está todo preparado cómo te lo indiqué?
-Sí señor.
Caminaron hacia el auto. Laura subió del lado del asiento del conductor, por indicación de Pedro, y Mariano y él se ubicaron en la parte de atrás.
Ella le alcanzó uno de los bolsos que se encontraban debajo de los asientos y Achával lo abrió. Extrajo dos rollos. Abrió el primero y exclamó:
-¡Es magnífico! Es bellísimo. No quiero despreciar tu trabajo Mariano, pero hay trazos en Roberto Matta que son inimitables. Aunque me gustaría ver ambas pinturas juntas, tu falsificación y la auténtica, para ver realmente su parecido.
-Parecen hechas por el mismo artista- exclamó Laura.
-Quiero creer que en el otro rollo está… sí… increíble. Un Carreño auténtico, una de las piezas más buscadas por los coleccionistas. Bueno, es hora que vayamos a devolvérselas a su dueño.
-¿Qué camino tomó?- preguntó Laura.
-Regresa por la misma calle por la que viniste hasta la avenida y ahí dobla a la derecha.
A poco de arrancar el auto, se oyó una pequeña explosión cercana.
- En estos edificios viejos siempre hay cortos circuitos que provocan incendios.- ironizó Pedro.
Laura condujo por el camino que le indicó. Siguió por la avenida hasta que ésta se transformó en una pequeña calle de poco tránsito. A ambos lados de la acera estaba arbolada. Las casas de ese barrio eran residencias con amplios parques amurallados. Doblaron a la derecha, para retomar otra vez a la izquierda tres cuadras más abajo. Todas las casas se veían similares desde la calzada. Pero al final de una callecita todavía adoquinada, se levantaba una edificación que parecía copiada de un cuento medieval.
En el portón de entrada, en las columnas a los costados de la reja, dos dragones expedían sus llamaradas.
El portón se abrió e ingresaron ellos y el auto que los seguía.
En el parque, exquisitamente iluminado, se elevaba una reproducción de la fuente de las Nereidas de Lola Mora y más adelante, una del David de Miguel Ángel.
-¡Excentricidades de un hombre rico! – exclamó Pedro-. La fuente de Lola Mora fue idea mía.
Estacionaron frente a la puerta de la Casona, que parecía más bien un pequeño castillo. Laura se volvió a Pedro y le dijo:
-Prométeme que ni bien entreguemos las pinturas todo esto se termina.
-Mi querida, nosotros nunca fuimos un verdadero peligro para ustedes. Esteban y yo somos coleccionistas de alma. Hemos estafado, y… alguna vez le pagamos a alguien para que robara para nosotros alguna pieza. Pero en el mercado negro hay mucho olor a sangre. Nosotros no somos asesinos, ni matones. Fue tu marido, el gran seductor, él que convenció a Esteban que le entregara estas pinturas para ser exhibidas en tu museo. El vino a acondicionar la habitación donde tenemos nuestra mejor colección y de apoco se fue ganando el cariño de Esteban. Creo que él quedó algo enamorado, y se enfureció cuando descubrió que las pinturas que le devolvió eran finas falsificaciones.
-Todos fuimos engañados Pedro. Yo no sabía que él iba a usar mis pinturas para intercambiarlas por verdaderas, y vender estas en el mercado negro. Estoy acostumbrado a hacer réplicas para los ricos que quieren decorar finamente sus casas y no pueden pagar por unas auténticas. Lo siento.- expresó Mariano.
-Esta bien chicos, vayamos adentro. Les prometo que pronto podrán irse muy lejos.
Mientras esto ocurría, Ramírez y la detective Peralta llamaban a la puerta de la casa de Roberto, y Florencia junto con Paula regresaban a la casa de Mariano.
El padre de Laura, después del hospital, y de dejar a su médico, conducido por un hombre de su confianza se había dirigido a un edifico que estaba a medio construir. Este tenía dos torres, de ocho pisos cada una. En el quinto piso de la primera tenía un pequeño despacho improvisado. Allí había pedido ir para poder pensar sobre su futuro.